Tino Cebral: la voz que narró el Carnaval desde dentro

Durante décadas, Tino Cebral ha sido una de las voces más reconocibles del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria. Comunicador incansable, presentador, maestro de ceremonias y comentarista, su trayectoria está marcada por una doble pasión: el Carnaval y la Vela Latina Canaria. Si el deporte del bote le dio identidad marinera, el Carnaval le dio voz, escenarios, vivencias y un lugar en la memoria de quienes han seguido la fiesta desde radios, concursos y actos oficiales. En esta conversación, Cebral repasa algunas de las anécdotas, aprendizajes y reflexiones que ha acumulado a lo largo de una vida ligada al pulso popular de la ciudad.
Los comienzos: una voz que nació entre grupos y micrófonos
Tino Cebral siempre estuvo cerca del Carnaval, primero como aficionado y luego como comunicador. Se estrenó en el López Socas, en una época en la que las semifinales de murgas llenaban el recinto “hasta las tachas”. Allí, en un pequeño palco cubierto con un plástico, compartió mesa con Lucas Segura y otras emisoras que se apretaban para narrar lo que ocurría en el escenario. Aquella experiencia marcó su entrada en un mundo en el que humor, sátira, música y locura se entrelazaban con la misma naturalidad que los botes cruzaban la bahía los fines de semana.
Desde entonces, su voz acompañó innumerables noches de Carnaval, retransmisiones improvisadas, concursos inolvidables y presentaciones históricas. Su afinidad con el mundo murguero comenzó con “Los Melindrosos”, un grupo cuyo desfile inicial —vestidos de jugadores de rugby irrumpiendo entre el público— aún recuerda como un momento capaz de romper cualquier protocolo establecido y encender una noche para la historia.
Una carrera marcada por anécdotas: de Candelaria al bingo murguero
Su amor por el Carnaval también se traduce en anécdotas que revelan su carácter cercano y jocoso. Una de ellas ocurrió en Candelaria, donde tuvo el honor de convertirse en el primer presentador que no era tinerfeño. Aquel evento, al que llegó gracias a Pedro Mengíbar, lo sorprendió por la intensidad del público, la energía de los grupos y la camaradería que se respiraba entre murgas de ambas islas.
Otra de sus historias entrañables ocurrió en Tenerife, cuando presentó un bingo organizado por una murga. No solo se lo pasó “pipa”, sino que aquel día se vendieron más cartones que nunca. Tanto, que llegó a bromear con que se había ganado una segunda profesión: la de vendedor de bingo carnavalero.
El Carnaval como espejo de la sociedad: pasión, polémica y evolución
Cuando Tino compara la Vela Latina con el Carnaval dice siempre lo mismo: “la vela latina es un carnaval en el agua”. Y no es una frase casual. Para él, ambos mundos comparten pasión, fanatismo, discusiones, humor y esa energía que nace de lo popular. Quizá por eso su mirada sobre la fiesta es tan clara: ha vivido su evolución desde dentro.
Ha visto murgas que narraban historias en canciones de tres minutos, y ha visto otras —más actuales— que se dispersan entre críticas, cromas y puestas en escena que solo funcionan en el escenario principal. Sobre ello es tajante: hoy, a veces, cuesta entender “a quién le cantan” o “qué quieren contar”. Echa de menos aquellas historias compactas, directas y memorables que conectaban con el público sin artilugios.
Su visión, lejos de la nostalgia vacía, es la de alguien que mira adelante sin olvidar lo que hizo grande al Carnaval: espectáculo, cercanía, humor y autenticidad.
La importancia de la calle: cuando el Carnaval se veía y se vivía
Entre los recuerdos que más aprecia está el gran pasacalle de Las Canteras, que ayudó a organizar en su etapa ligada al área de grupos. Aquel día, murgas y comparsas bajaron a la playa por ambos extremos —la Puntilla y el Auditorio— para encontrarse en el centro ante miles de personas. Para Cebral fue uno de los momentos más vibrantes que vivió: un Carnaval visible, popular, integrado con la ciudad y su paisaje.
Hoy observa con preocupación cómo algunos intentos recientes de pasacalles se realizan en zonas donde prácticamente no hay público. “¿Para qué haces un pasacalle donde no hay nadie?”, se pregunta, convencido de que el Carnaval debe vivirse en la calle, donde la gente realmente siente y disfruta el espectáculo.

Memoria, patrimonio y olvido: una asignatura pendiente
Entre risas, ironías y reflexiones, Tino también denuncia una carencia grave: la falta de un museo del Carnaval y la escasa conservación de su patrimonio histórico. En las murgas, apenas quedan disfraces antiguos; muchos se pierden, se deterioran o terminan en la basura. Lo mismo ocurre en la Vela Latina, donde solo dos botes conservan museos con trofeos e historia.
Le preocupa que gran parte de la memoria del Carnaval esté guardada en cajas particulares o en recuerdos personales, sin que las instituciones hayan dado un paso firme para preservarla. Habla de personas como Ginés Betancor, custodio de documentos y objetos únicos, o de los archivos visuales y testimoniales que guarda Luis del Rosario. Para Cebral, “la historia está viva, pero nadie sabe a quién preguntar”.
Su petición es clara: poner en valor el pasado para sostener el futuro.
Una vivencia intensa: del aplauso al desgaste
La pasión por el Carnaval lo llevó incluso a convertirse en coordinador de grupos durante cuatro años, un rol tan apasionante como complejo. Llegó a ese puesto por sorpresa, tras una llamada de Roque Díaz que aún recuerda con incredulidad. Aquella etapa le dio satisfacciones enormes, pero también decepciones duras: pasó de ser “el Tino gracioso de la radio” a convertirse, a ojos de algunos, en el responsable de decisiones impopulares.
Vivió noches difíciles, una en particular que recuerda con dolor por los ataques personales que recibió y que jamás ha revelado públicamente. Aun así, mantiene una visión serena: “las cosas las perdono, pero no las olvido”. Y sabe que el peso de esas experiencias forma parte de lo que significa asumir responsabilidades en una fiesta tan pasional como el Carnaval.
Un legado que perdura en la memoria colectiva
Hoy, Cebral sigue vinculado a la comunicación, y aunque ya no vive el Carnaval desde la primera línea, su voz permanece ligada a la historia de la fiesta, su memoria sigue viva, pero no ha recibido el reconocimiento merecido.
Su legado no se mide en títulos ni en cargos, sino en vivencias, en risas compartidas, en noches de radio, en historias que siguen circulando y en esa mirada crítica y entrañable que demuestra un profundo amor por el Carnaval.
Tino Cebral es, al fin y al cabo, una de esas voces que narraron la fiesta desde dentro.
Y gracias a eso, forma parte de la historia emocional del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria.
