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Opinión: Oportunidades, méritos y silencios en la fiesta que es de todos

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Hay algo que lleva años rondando en el ambiente del Carnaval —y en realidad, en cualquier espacio donde confluyen cultura, instituciones y dinero público—: las oportunidades laborales no siempre caen sobre quienes llevan décadas trabajando, estudiando y construyendo la fiesta desde dentro, sino sobre quienes simplemente ocupan un lugar estratégico en el momento adecuado.

No es una afirmación cómoda, ni pretende serlo.
Tampoco es nueva.

Cada año vemos cómo determinados puestos clave, sobre todo en el ámbito comunicativo, creativo, directivo, de coordinación, logístico… terminan en manos de personas cuya trayectoria, conocimiento real de la fiesta o experiencia es, como poco, discutible. Mientras tanto, otros profesionales —con recorrido, formación, hemeroteca y cicatrices suficientes para demostrar su valor— quedan relegados, ignorados o directamente ni siquiera considerados.

Y conviene decirlo sin rodeos: no siempre es una cuestión de profesionalidad.
No siempre gana el mejor.
Gana quien tiene más cerca el interruptor del poder
.

Porque cuando las decisiones se toman desde despachos donde pesan más las afinidades, los silencios oportunos o la capacidad de agradar a quienes mandan, el talento pasa a ser secundario. Y entonces aparece la paradoja: se exige excelencia hacia afuera, pero hacia adentro basta con la conveniencia.

La injusticia se agrava cuando recordamos algo esencial: todo esto se financia con dinero público. Con los recursos que pagamos todos los ciudadanos, incluidos aquellos a quienes nunca se les da la oportunidad de demostrar lo que saben hacer. Y cuando hablamos de un evento que presume de ser patrimonio cultural, identidad compartida y fiesta del pueblo, el contraste resulta todavía más doloroso.

No es cuestión de nombres propios.
Es cuestión de estructuras.
De un modelo donde quienes ya están dentro blindan su posición, y quienes aspiran a aportar algo distinto chocan contra un muro invisible pero perfectamente construido.

Y mientras ese modelo siga imperando, el Carnaval seguirá arrastrando la misma contradicción: se presume de pluralidad, participación y transparencia, pero las puertas siguen abriéndose por motivos que tienen poco que ver con el mérito y mucho con la conveniencia.

Quizá algún día se entienda que las fiestas que son de todos deberían gestionarse desde la excelencia, la igualdad de oportunidades y el respeto por la trayectoria. Hasta entonces, solo nos queda seguir señalando lo evidente: en el Carnaval, como en la vida, no siempre asciende quien más sabe, sino quien más conviene.

Javier Falero.