Alejandro Arias: la pasión de toda una vida dedicada al Carnaval
Poco después de sentarse ante nuestros micrófonos para hablar de Carnaval, Alejandro Arias falleció. Aquella conversación, que nació como un recorrido por su trayectoria y por su manera de entender una fiesta a la que dedicó buena parte de su vida, adquirió así un significado que ninguno de nosotros podía imaginar en aquel momento.
Alejandro llegó al programa con ganas de hablar, de compartir conocimientos y, sobre todo, de seguir aportando. No acudió únicamente para recordar lo vivido. Llevaba consigo proyectos, propuestas, preocupaciones y una mirada puesta en el futuro. Murguero, letrista, director, investigador y divulgador de la historia carnavalera, entendía el Carnaval como patrimonio, pero también como una expresión de libertad que debía permanecer en manos de quienes lo viven.
Desde sus primeros años como mascarita hasta su paso por agrupaciones como Los Lagartos, Los Campaneros Pirotécnicos y Los Serenquenquenes; desde la escritura de letras hasta su participación en proyectos para acercar el Carnaval a las nuevas generaciones, su trayectoria estuvo atravesada por una misma palabra. Cuando le preguntamos cómo definiría el Carnaval, no dudó: «Pasión».

Hoy recuperamos aquella conversación como homenaje a un hombre que todavía tenía mucho que contar y, especialmente, mucho que aportar.
Antes que murguero, mascarita
Para comprender la relación de Alejandro Arias con el Carnaval hay que regresar a Agüimes, al municipio donde aprendió a vivir la fiesta desde niño. Antes de las murgas estuvieron las mascaritas, los bailes y las sociedades abarrotadas de personas que acudían disfrazadas para jugar con el anonimato y disfrutar de una celebración que pertenecía al pueblo.
Recordaba una época en la que Agüimes llegó a contar con cinco sociedades llenas durante las celebraciones. Entre sus recuerdos conservaba una anécdota junto a su hermana: ambos acudieron disfrazados de mujer a uno de aquellos bailes y, cuando llegó el momento de intentar pasar inadvertido, la voz de Alejandro terminó por delatarlo.
Esa experiencia de la mascarita tradicional resultaba fundamental para entender su concepción del Carnaval. Para él, las agrupaciones eran una parte importantísima de la fiesta, pero nunca podían confundirse con la totalidad del Carnaval. Reivindicaba a quienes simplemente se disfrazaban y salían a la calle porque consideraba que precisamente ahí estaba uno de sus orígenes y una parte esencial de su identidad.
Su reflexión era sencilla: una cabalgata formada únicamente por grupos podía ser bonita, pero sin la participación espontánea de las mascaritas perdía una parte de su esencia. El Carnaval, sostenía, debía vivirse antes que exhibirse.
Una vida entre murgas
Su trayectoria murguera comenzó a finales de los años setenta y principios de los ochenta y quedó vinculada a diferentes agrupaciones. Pasó por Los Lagartos y Los Campaneros Pirotécnicos antes de vivir una de sus etapas más significativas con Los Serenquenquenes.
La llegada a esta última agrupación representó también el cumplimiento de una aspiración personal: participar en el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria. Alejandro había seguido durante años los concursos a través de la televisión y contemplaba aquel escenario como algo enorme. Recordaba especialmente la impresión que le causaban Los Nietos de Kika, una murga que le parecía diferente y especial y que, muchos años después, continuaba citando entre las agrupaciones que más lo habían marcado.
Cuando finalmente llegó con Los Serenquenquenes al concurso de la capital, la experiencia fue impactante. Recordaba las gradas, la reacción del público y la pasión con la que se vivía cada actuación. Para evitar que sus compañeros se dejaran intimidar por lo que sucedía antes de salir al escenario, llegó a reunirlos en una zona bajo las gradas hasta que terminaba la actuación precedente. Solo entonces los llamaba para salir.
Aquella etapa no estuvo exenta de dificultades. Las agrupaciones procedentes de otros municipios cargaban con la etiqueta de «murgas de campo», una denominación que Alejandro recordaba como una forma de establecer diferencias con las agrupaciones capitalinas. Sin embargo, aquellas murgas terminaron demostrando que el talento y la pasión carnavalera no entendían de fronteras municipales.
Los Serenquenquenes y el valor de saber apartarse
Con Los Serenquenquenes vivió algunos de sus momentos más importantes. Durante nueve años, la agrupación consiguió ocho premios de interpretación y tres de presentación, pero Alejandro evitaba atribuirse personalmente aquellos éxitos.
Su manera de entender una murga se basaba en el trabajo colectivo. Mientras unos escribían las letras, otros construían instrumentos, diseñaban, ensayaban o asumían las numerosas tareas necesarias para poner un grupo en la calle. Por esa razón, explicó que nunca acostumbraba a firmar sus letras: consideraba que todos eran protagonistas del resultado final.
Precisamente por ello, uno de sus mayores orgullos llegó cuando decidió apartarse y comprobó que la agrupación podía continuar sin depender de él. Para Alejandro, el verdadero éxito no consistía en hacerse imprescindible, sino en construir algo capaz de seguir caminando cuando uno ya no estuviera.
Cuando la murga atravesó dificultades y necesitó nuevamente su ayuda, regresó. Pero después volvió a contemplar desde fuera cómo nuevas personas asumían responsabilidades. Entre ellas destacó especialmente la evolución de Ángel, a quien animó a escribir y que terminó convirtiéndose, según recordaba con orgullo, en un destacado autor de letras y ganador de numerosos reconocimientos vinculados al premio Tomás Pérez.
Esa capacidad para impulsar a otros resume buena parte de su manera de entender el Carnaval: compartir conocimientos para que lo construido pudiera sobrevivir a quienes lo habían iniciado.
Más allá de Los Serenquenquenes
La trayectoria de Alejandro Arias no terminó con aquella etapa. Se aventuró con Los Guanches Picapiedra, participó en la fundación de Los Clásicos del Carnaval y de Como Éramos Pocos Parió la Abuela y colaboró con diferentes agrupaciones infantiles y adultas.
Entre ellas estuvieron Los Ayahuasca, Las Inquietas y Los Nietos de Kika, con quienes mantuvo una relación especialmente cercana. Su vínculo con las murgas trascendía así la pertenencia a un único grupo. Su interés estaba en el género, en su historia, en sus posibilidades y, especialmente, en garantizar su continuidad.
También formó parte del Patronato del Carnaval de Agüimes y de la junta directiva de la Federación Insular de Murgas, donde ejerció como secretario. Además, participó activamente en la recuperación y divulgación de la memoria carnavalera y ejerció como comisario de una exposición histórica dedicada a las murgas de Agüimes.
Alejandro no se limitó, por tanto, a vivir el Carnaval desde un escenario. Lo estudió, lo documentó y trató de comprender cómo había llegado hasta el presente.
Agüimes, una forma de entender el Carnaval
Alejandro hablaba de Agüimes con un orgullo que iba más allá de sus propios recuerdos. Allí veía una demostración de que el Carnaval podía conservar una fuerte identidad popular sin depender exclusivamente de la proyección exterior.
Durante la entrevista puso como ejemplo la cantidad de agrupaciones existentes en el municipio y cómo una misma familia podía tener a varios de sus integrantes participando en murgas diferentes. Destacaba especialmente el caso de Los Sombreritos, una agrupación cuyos componentes de mayor edad continuaban participando y cuyo principal objetivo, según explicaba, no era ganar concursos, sino sencillamente hacer Carnaval.
Ese espíritu era el que reivindicaba. Agüimes, decía, nunca había tenido prisa por conseguir reconocimientos turísticos porque su Carnaval pertenecía fundamentalmente a la gente que lo vivía.
Para Alejandro existía una diferencia fundamental entre mostrar una fiesta y vivirla. La proyección exterior podía ser importante, incluso económicamente, pero no debía convertirse en su razón de ser. El Carnaval, insistía, no había sido creado por ningún gobierno ni por ninguna institución. Lo había construido la ciudadanía generación tras generación y la responsabilidad de quienes llegaban después era vivirlo y transmitirlo.
La murga como voz del pueblo
Una de las preocupaciones que atravesó buena parte de la conversación fue la evolución de las murgas. Alejandro recordaba un tiempo en el que las canciones servían para hablar de los problemas de la ciudad: los aparcamientos, la limpieza, las dificultades de los barrios y las preocupaciones cotidianas de la ciudadanía.
Para él, la murga era la voz del pueblo. Por eso defendía también la presencia de agrupaciones de otros municipios en la capital. Consideraba que los problemas de Agüimes, Santa Lucía, Teror, Arucas o cualquier otro punto de Gran Canaria también debían poder escucharse en Las Palmas de Gran Canaria. El escenario de una murga podía convertirse en una plataforma de denuncia social y dar visibilidad a realidades que de otra manera difícilmente alcanzarían la misma repercusión.
Sin embargo, observaba con preocupación cómo una parte del género había terminado mirando demasiado hacia sí misma. Su crítica no nacía del rechazo a las murgas contemporáneas, sino precisamente de su deseo de que recuperaran capacidad de conexión con la sociedad.
También cuestionaba la duración creciente de las canciones. Utilizaba como referencia los cambios en los hábitos de consumo cultural y señalaba que mantener durante doce minutos la atención del público resultaba cada vez más difícil. Su planteamiento era abrir una reflexión: si disminuían los concursos y las contrataciones de las murgas, quizá había llegado el momento de analizar qué estaba sucediendo en lugar de continuar haciendo exactamente lo mismo.
La defensa de una federación verdaderamente útil
Su paso por la organización federativa de las murgas le permitía hablar desde la experiencia. Recordaba la antigua federación como una especie de sindicato del colectivo: un organismo creado para representar a las agrupaciones ante las instituciones y evitar que cada murga tuviera que negociar individualmente sus problemas.
Desde esa perspectiva, era crítico con el papel que, a su juicio, debía desempeñar una federación. La imaginaba promoviendo encuentros, creando publicaciones que conservaran fotografías y libretos, buscando actuaciones, dialogando con los municipios y generando nuevas oportunidades para las agrupaciones.
También defendía que la pertenencia a una asociación debía ser voluntaria y cuestionaba cualquier norma que pudiera condicionar la participación en un concurso público a formar parte de una determinada organización. Para Alejandro, las bases correspondían a la institución organizadora, mientras que la federación debía representar y defender colectivamente los intereses de las murgas.
Entre los proyectos que recordó estaba una propuesta para organizar un gran encuentro de agrupaciones de distintas islas. La iniciativa pretendía reunir murgas de Tenerife y Gran Canaria junto a representantes de otras islas, incluida La Graciosa. Aunque aquella idea no llegó a desarrollarse durante su etapa, años después se celebraron encuentros que guardaban similitudes con aquella propuesta.
Para él, ahí debía estar precisamente la función de las organizaciones carnavaleras: crear proyectos capaces de volver a ilusionar.
«El Carnaval es libertad»
Alejandro tenía una visión profundamente crítica sobre la creciente institucionalización de la fiesta. Entendía la necesidad de normas y organización, pero consideraba que estas nunca debían ahogar la libertad que históricamente había caracterizado al Carnaval.
Recordaba que generaciones anteriores habían mantenido viva la fiesta incluso durante periodos de enormes restricciones. Desde esa perspectiva, le preocupaba que quienes habían heredado aquella libertad terminaran renunciando a defenderla por comodidad o miedo.
Defendía la creación de espacios donde las personas con experiencia pudieran reunirse, reflexionar y trasladar propuestas a las instituciones. No planteaba esa organización como una herramienta contra los ayuntamientos, sino a favor del Carnaval.
También reclamaba recuperar la voz de quienes habían contribuido durante décadas a construir la fiesta. Para él, la experiencia acumulada de históricos carnavaleros no podía quedar relegada simplemente porque llegaran nuevas generaciones. El futuro debía construirse escuchando también a quienes conocían el camino recorrido.
Una memoria que no podía seguir perdiéndose
Si hubo una preocupación que Alejandro repitió con especial insistencia fue la conservación de la memoria.
Llegó al programa con una colección de libros sobre la historia del Carnaval de Agüimes y expresó su deseo de que iniciativas similares se desarrollaran en todos los municipios de Gran Canaria. Consideraba incomprensible que una manifestación cultural de semejante importancia no dispusiera de una documentación organizada y accesible.
Él mismo había tratado de recopilar información sobre los carnavales de diferentes municipios y se había encontrado con enormes dificultades. Para Alejandro, aquello demostraba que existía una asignatura pendiente: reconocer el Carnaval como parte del patrimonio cultural de Canarias y conservarlo como tal.
Alertaba también sobre la facilidad con la que las propias agrupaciones destruían o perdían sus archivos. Libretos, fotografías, instrumentos y disfraces desaparecían año tras año, dejando únicamente recuerdos dispersos. Frente a ello, ponía como ejemplo el trabajo de conservación realizado por agrupaciones como Los Nietos de Kika, capaces de mantener una parte significativa de su patrimonio histórico.
Su reflexión era contundente: la única manera de demostrar que un grupo ha existido es conservar el material que va generando.
El centro documental que propuso años atrás
Esa preocupación por la memoria llevó a Alejandro a presentar al Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria dos proyectos.
Uno de ellos era la creación de un centro documental dedicado al Carnaval de la ciudad. La idea surgió después de solicitar determinado material histórico y recibir como respuesta que apenas se conservaba documentación y que parte de los materiales se destruían una vez finalizada cada edición.
Para Alejandro, aquello era inconcebible.
El centro documental debía servir para reunir fotografías, libretos, testimonios y todo tipo de materiales que permitieran reconstruir quiénes habían levantado el Carnaval, qué agrupaciones habían participado y cómo había evolucionado la fiesta.
El proyecto no prosperó entonces. Durante la entrevista lamentaba que hubieran pasado años sin recuperar una propuesta que consideraba esencial, especialmente ante la celebración del cincuentenario de la recuperación del Carnaval de la capital.
Su preocupación no era obtener reconocimiento personal por haber planteado la idea. Lo que verdaderamente le inquietaba era que el tiempo siguiera pasando mientras una parte de la memoria desaparecía.
Murguitas de Cartón: sembrar Carnaval desde la escuela
El segundo gran proyecto que presentó a Inmaculada Medina (Concejala del carnaval en aquel momento) fue «Murguitas de Cartón», una propuesta educativa pensada para acercar el Carnaval a los niños desde las aulas.
La idea partía de un problema muy concreto: el elevado coste que puede suponer la participación de un niño en una murga infantil, especialmente por el vestuario. Su propuesta consistía en que fueran los propios alumnos quienes fabricaran sus disfraces utilizando cartón y materiales asequibles.
Pero el proyecto iba mucho más allá de hacer un traje.
Los niños debían medir, calcular costes, cortar, pintar y diseñar. De esta forma, el Carnaval se convertía en una herramienta educativa transversal que permitía trabajar contenidos de distintas asignaturas. Las murgas adultas actuarían como padrinas, ayudando a los pequeños a comprender la escritura de letras y las rimas, mientras otras personas colaborarían en la enseñanza de la percusión.
Los trajes, inspirados en el funcionamiento de los antiguos recortables, podían incorporar pinturas, telas y sistemas de pliegues para desarrollar la creatividad. Incluso contemplaba el uso de iluminación y efectos escénicos.
Alejandro había preparado el proyecto con detalle: programaciones, fichas de trabajo y materiales destinados a facilitar la participación del profesorado. Sin embargo, tampoco consiguió que se desarrollara en aquel momento.
La idea respondía a una de sus mayores preocupaciones: la disminución de las murgas infantiles. Para él, si las nuevas generaciones no conocían el Carnaval desde pequeñas, resultaría mucho más difícil garantizar el relevo futuro.
Crea Carnaval: continuar sembrando
Lejos de abandonar esa inquietud, Alejandro siguió trabajando en iniciativas educativas. En sus últimos años impulsaba «Crea Carnaval», un proyecto con el que buscaba que los niños conocieran el Carnaval de Agüimes y de Gran Canaria mientras creaban sus propios elementos festivos.
Su objetivo seguía siendo el mismo: transmitir.
También trabajaba en otros proyectos, entre ellos una propuesta teatral en la calle inspirada en la tradicional batalla entre Don Carnal y Doña Cuaresma, que se pudo materializar gracias a la Asociación Salsipuedes.
Aquella noche, sentado en nuestro estudio, Alejandro seguía imaginando cosas. Seguía hablando de colaboraciones posibles, de iniciativas pendientes y de proyectos que podían ponerse en marcha. No hablaba como alguien que estuviera cerrando una etapa, sino como quien todavía tenía mucho trabajo por delante.
Y quizá por eso su fallecimiento, ocurrido poco después de aquella visita, hace que esas palabras tengan hoy un significado especialmente profundo.
Un historiador construido desde la experiencia
Alejandro se definía también desde el aprendizaje. A pesar de todos sus conocimientos, insistía en que seguía descubriendo historias y escuchando a quienes sabían más que él.
Valoraba especialmente la generosidad de carnavaleros e investigadores capaces de compartir información cuando alguien acudía a ellos buscando una fecha, un dato o una referencia. Para él, la historia del Carnaval no pertenecía a una sola ciudad ni a una única isla. Tenerife, Gran Canaria, Lanzarote, La Gomera, La Graciosa y el resto del Archipiélago poseían sus propias historias carnavaleras y todas merecían ser estudiadas y preservadas.
Era consciente, además, de la cantidad de personas que habían trabajado por la fiesta antes que su generación. Ese conocimiento le hacía relativizar cualquier protagonismo individual. Cuanto más se adentraba en la historia, más consciente era de todo lo que quedaba por conocer.
Letra, ensayo, humor, alegría y hermandad
Al final de aquella conversación le propusimos una ronda rápida de preguntas. Sus respuestas dibujaron, casi sin pretenderlo, un pequeño autorretrato carnavalero.
Entre letra e interpretación, eligió la letra.
Entre ensayo y escenario, el ensayo.
Entre crítica y humor, se quedó con el humor.
Los Nietos de Kika fueron la murga que señaló como una de las que más lo habían marcado. Eligió como uno de sus años más especiales aquel primer Carnaval con Los Serenquenquenes y recordó con emoción el himno de la agrupación, una pieza que para él representaba una forma de entender la fiesta que había ido desapareciendo.
Preguntado por la elección entre murga de campo o capitalina, no tuvo dudas: «De campo, de tierra».
Entre los murgueros que admiraba situó a Tomás Pérez y mostró también su reconocimiento hacia compañeros de generaciones posteriores.
Y cuando le preguntamos qué no podía faltar nunca dentro de una murga, respondió con dos palabras que resumen buena parte de su trayectoria:
Alegría y hermandad.
Alejandro Arias: el Carnaval como pasión y legado
Aquella noche Alejandro nos agradeció haberle dado un espacio para contar su historia. Nos dijo que había seguido las entrevistas anteriores y que, escuchando los recuerdos de otros protagonistas, había recuperado episodios que él mismo tenía olvidados.
Incluso bromeó con que esperaba que su turno no llegara demasiado tarde.
Afortunadamente, llegó.
Tras su fallecimiento, somos nosotros quienes tenemos que agradecerle que aceptara nuestra invitación. Que se sentara ante nuestros micrófonos. Que trajera sus libros. Que compartiera sus recuerdos, sus críticas y sus proyectos. Que nos permitiera conservar su voz hablando precisamente de aquello que más amaba.
Alejandro Arias entendió el Carnaval como libertad, como patrimonio, como herramienta de denuncia y como espacio de encuentro. Fue mascarita antes que murguero; letrista sin necesidad de firmar sus letras; integrante de agrupaciones, impulsor de proyectos, miembro de organizaciones carnavaleras, investigador y defensor de la memoria.
Pero, por encima de cualquier cargo o reconocimiento, fue un hombre que nunca dejó de pensar qué podía hacer para que el Carnaval continuara después de él.
Poco después de visitarnos, Alejandro se marchó dejando proyectos todavía sobre la mesa. «Murguitas de Cartón», «Crea Carnaval», la conservación documental, la transmisión de la historia a los más jóvenes y tantas ideas compartidas durante aquella conversación forman parte ahora de su legado.
Al preguntarle qué palabra definía para él el Carnaval respondió «pasión».
Quizá no exista una palabra mejor para definir también su propia relación con la fiesta.
Porque Alejandro Arias no se limitó a pasar por el Carnaval.
Lo vivió, lo estudió, lo defendió y trató de entregárselo a quienes venían detrás.
Y ahora corresponde a los demás procurar que todo aquello por lo que trabajó no se pierda en el olvido.
