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Opinión: El Carnaval que recordamos ya no existe

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Hay una frase que se repite cada vez que hablamos de Carnaval: «antes era diferente». Y probablemente sea verdad. Pero quizá deberíamos asumir de una vez que aquel Carnaval que muchas personas conservamos en nuestra memoria colectiva dejó de existir hace treinta años, como mínimo. Y seguramente no va a volver.

No porque antes todo fuera mejor. La memoria tiene la costumbre de quedarse con lo bonito y borrar aquello que no interesa. Pero sí había algo que hoy resulta cada vez más difícil encontrar: «la sensación de estar construyendo una fiesta entre todos y todas».

Y hay otro detalle que a veces olvidamos. Ese Carnaval que tanto añoramos ya solo existe en la memoria de quienes tenemos cierta edad. Quienes hoy tienen menos de cuarenta años apenas pudieron conocerlo o, directamente, nunca lo vivieron. Para buena parte de las personas que actualmente cantan, bailan, diseñan, escriben letras o forman parte de los grupos, aquel Carnaval del que hablamos con tanta nostalgia es un relato heredado a través de fotografías, vídeos y recuerdos de otras personas.

Y eso también debería hacernos pensar. No podemos pedir a las nuevas generaciones que recuperen algo que nunca conocieron si quienes sí lo vivimos no hemos sido capaces de transmitirlo. Quizá el reto no sea reproducir aquel Carnaval, sino conseguir que algunos de sus valores —la participación, el sentimiento de pertenencia y las ganas de hacer fiesta por el simple hecho de hacerla— encuentren su sitio en el Carnaval de hoy.

Porque el Carnaval debería seguir siendo, ante todo, una construcción colectiva. Una fiesta que nace de los distintos colectivos, de los barrios y de las personas que ensayan durante meses; de quienes cosen, diseñan, escriben, hacen música, montan escenarios o simplemente participan porque sienten que aquello también les pertenece.

Sin embargo, poco a poco hemos ido convirtiéndolo en otra cosa.

Las instituciones tienen parte de responsabilidad. Cada vez hay más contratación, producción, patrocinio, grandes escenarios e intereses turísticos y económicos. El Carnaval se ha convertido también en una industria que mueve dinero y genera puestos de trabajo. Y no hay nada malo en que quien desarrolla un trabajo profesional cobre por hacerlo.

Pero quizás lo verdaderamente preocupante ya no sea solamente el modelo institucional. «Lo preocupante es que quienes hacemos el Carnaval también estamos empezando a asumir esa misma lógica».

Cada vez resulta más habitual preguntar primero cuánto se cobra y después qué podemos aportar. Hemos pasado, en algunos casos, de reclamar participación a reclamar una contraprestación por participar.

Y ahí aparecen contradicciones que deberían hacernos reflexionar.

Hace nada protestábamos porque determinados colectivos no tenían representación en algunos actos. Nos parecía una falta de consideración porque entendíamos que estar presentes, compartir escenario y representar al colectivo formaba parte del Carnaval. Ahora empezamos a encontrarnos con la situación contraria: querer cobrar incluso por acudir a determinados actos a los que antes reclamábamos que nos invitaran.

Y cuidado, porque reivindicar unas condiciones dignas no significa mercantilizar la fiesta. Los grupos tienen gastos importantes y no deberían asumir eternamente de su bolsillo todo lo que se les exige. Hay vestuario, transporte, locales, materiales, instrumentos y muchos meses de preparación. Las administraciones deben entenderlo y facilitar que la participación sea posible.

Pero una cosa es reclamar recursos para poder hacer Carnaval y otra muy diferente que «el dinero termine convirtiéndose en la razón para hacerlo».

Algo parecido sucede con los premios.

Claro que motivan. Ganar hace ilusión y su dotación económica ayuda a sufragar una parte de lo invertido durante meses. El problema comienza cuando el premio deja de ser una consecuencia de participar y pasa a convertirse en el objetivo principal. Cuando una temporada se considera un fracaso únicamente por una clasificación o cuando empezamos a medir el valor de nuestra aportación exclusivamente en euros.

Porque entonces tendremos que hacernos una pregunta bastante incómoda: ¿estamos haciendo Carnaval o estamos prestando un servicio?

Quizá llevamos demasiado tiempo responsabilizando exclusivamente a las instituciones de haber convertido la fiesta en un producto. Tienen su responsabilidad, evidentemente, pero sería demasiado cómodo quedarnos ahí.

También toca mirarnos nosotros y nosotras.

No podemos reclamar una fiesta menos mercantilizada mientras ponemos precio a cada momento de nuestra participación. Tampoco podemos exigir más presencia para los grupos y, cuando conseguimos esos espacios, reducir la conversación a cuánto se paga por estar allí.

Y esto no significa pretender regresar artificialmente a los años ochenta o noventa. Aquella sociedad ya no existe. El Carnaval ha crecido, las necesidades de los colectivos son diferentes y la propia fiesta se ha profesionalizado en muchos aspectos.

«Recuperar el espíritu no significa recuperar el pasado». Significa recordar para qué hacemos esto.

El dinero es necesario. Los premios ayudan. Las subvenciones son importantes. Los trabajos profesionales deben pagarse y quienes los realizan tienen todo el derecho a cobrar dignamente por ellos.

Pero debería quedar algún espacio donde la motivación siga siendo simplemente «hacer Carnaval».

Un lugar para participar porque apetece estar, porque queremos compartir con otros grupos o personas, porque sentimos que pertenecemos a algo que va más allá de nuestro propio colectivo o de nuestro ser, de una clasificación o de una cantidad de dinero.

Porque si algún día absolutamente todo tiene un precio —subirse a un escenario, acudir a un acto, participar, colaborar o representar a un colectivo—, quizá tendremos un Carnaval perfectamente producido, rentable y espectacular.

Pero entonces tendremos que hacernos una última pregunta:

¿Cuánto Carnaval nos quedará dentro?

Javier Falero