Óscar Roque: del Carnaval de la calle a la construcción de una nueva etapa
La historia del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria no puede explicarse únicamente a través de sus escenarios, sus galas o los nombres que ocuparon los primeros planos. Detrás de su transformación hubo personas que asumieron responsabilidades en momentos decisivos, cuando una fiesta recuperada desde la ciudadanía había crecido hasta alcanzar unas dimensiones que exigían una nueva estructura.
Una de ellas fue Óscar Roque.

Primer director gerente de la Fundación del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, participó directamente en aquella transición en la que el Ayuntamiento comenzó a asumir un papel mucho mayor en la organización de una fiesta que hasta entonces había avanzado gracias, fundamentalmente, al esfuerzo de colectivos, vecinos, empresas y carnavaleros.
Pero reducir su historia a aquel cargo sería contar solo una parte. Antes estuvieron el movimiento vecinal, la representación de los trabajadores y la política municipal. Después continuaron el Carnaval y una larguísima vinculación con la vida nocturna de Las Palmas de Gran Canaria.
Su relato permite regresar a una época en la que muchas cosas se sacaban adelante con pocos recursos, un bocadillo y muchas horas de trabajo. Y de toda esa experiencia emerge una idea que atraviesa su conversación: por mucho que cambien las estructuras, los presupuestos o quienes gobiernan, nadie puede apropiarse del Carnaval.
Para Óscar Roque, **el Carnaval pertenece a la calle**.
De Manolo García a una fiesta que comenzaba a hacerse enorme
Cuando habla de los orígenes del Carnaval recuperado, el primer nombre que coloca sobre la mesa es el de Manolo García. Pero inmediatamente añade algo fundamental: su equipo.
Roque formó parte de aquel grupo de personas que colaboraban para sacar adelante una fiesta todavía muy lejos de contar con la estructura económica y organizativa que llegaría después. Vecinos, empresas, asociaciones, colectivos y personas vinculadas al Carnaval aportaban trabajo y recursos. El Ayuntamiento colaboraba progresivamente con servicios como Policía Local, Bomberos, alumbrado e infraestructuras, pero la celebración conservaba una enorme dependencia de aquella organización ciudadana.
Hasta que el niño creció.
La dimensión que estaba adquiriendo la fiesta, sus necesidades técnicas y organizativas y las posibilidades que comenzaban a abrirse a través de la televisión obligaban a plantear otro modelo.
El Carnaval necesitaba dar un salto.
El nacimiento de la Fundación del Carnaval
Ese cambio desembocaría en una estructura desde la que el Ayuntamiento asumiría una responsabilidad mucho mayor.
Óscar Roque había sido concejal del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria cuando posteriormente recibió la propuesta del alcalde José Vicente León para asumir la dirección de la Fundación del Carnaval. Tras varias conversaciones y un proceso en el que se valoraron diferentes personas, fue elegido para ocupar el puesto.
Junto a él se encontraba **José Luis López Sarmiento** como director artístico. El desafío era transformar la dimensión organizativa de la fiesta sin romper con aquello que la había hecho posible.
Roque recuerda especialmente la presión de aquellos momentos. La calle, la política y los medios observaban atentamente cada decisión. El Carnaval aspiraba a crecer y alcanzar una mayor proyección televisiva, incluso internacional, pero quienes asumían aquella responsabilidad sabían que no podían equivocarse.
Era, como él mismo lo define, un salto que había que dar «con pies de plomo».
Cambiar la estructura sin borrar los orígenes
Para Roque, transformar el Carnaval no podía significar sustituir a quienes lo habían levantado.
Por eso mantuvo a muchas de las personas del equipo de Manolo García dentro de la nueva estructura. Eran quienes conocían la calle, los colectivos, los problemas y la particular forma de funcionar de una fiesta que no podía gestionarse únicamente desde un despacho.
La Fundación aportaba otra capacidad organizativa y el Ayuntamiento adquiría mayor protagonismo, pero había que conservar el conocimiento acumulado durante años.
Esa filosofía aparece repetidamente en su relato: cada nueva etapa tiene que saber de dónde procede. Quien llega a ocupar una responsabilidad y desprecia todo lo anterior termina perdiendo una parte fundamental de lo que necesita para hacer bien su trabajo.
Además, quienes trabajaban entonces en el Carnaval podían desempeñar múltiples funciones. Se ayudaba donde hiciera falta. Ese espíritu colectivo fue, según recuerda, una de las grandes fortalezas de aquella etapa.
«Todos somos válidos dentro del Carnaval»
Roque rechaza construir la historia de la fiesta alrededor de unas pocas figuras.
Incluso cuando reivindica la enorme importancia de Manolo García, insiste en que nada habría sido posible sin el equipo que lo acompañaba. Una celebración de esas dimensiones necesitaba muchas manos y personas dispuestas a resolver problemas.
Esa misma filosofía trató de aplicar como director gerente y también la compartía, según recuerda, José Luis López Sarmiento. Quien quisiera participar, colaborar o aportar encontraba un espacio.
«Todos somos válidos dentro del Carnaval», resume.
Para Roque, las distintas etapas pueden implicar aciertos y errores, pero existe una condición imprescindible: no perder el conocimiento de quienes estuvieron antes.
Cuando la experiencia de la calle también garantizaba el orden
Entre sus recuerdos aparece una historia que permite comprender cuánto ha cambiado la organización.
El servicio de orden llegó a estar integrado por personas profundamente vinculadas al ambiente carnavalero y coordinadas por Pepe García, hermano de Manolo García.
Podría parecer una decisión peculiar desde una perspectiva actual, pero Roque explica su lógica: aquellas personas conocían a quienes estaban en la fiesta, sabían cómo funcionaba la calle y tenían autoridad dentro de aquel entorno.
Para él, aquello demuestra que las soluciones no siempre proceden de estructuras sofisticadas. El conocimiento del terreno, de las personas y de las dinámicas de una fiesta también era fundamental.
Era otro Carnaval y otra época, pero también una muestra de hasta qué punto la organización había nacido desde dentro de la propia sociedad carnavalera.
Cuando la ciudadanía también financiaba el Carnaval
Los primeros carnavales recuperados tampoco contaban con los presupuestos actuales.
La ciudadanía y las empresas contribuían directamente a financiarlos. Durante la conversación se recupera incluso una relación de aportaciones correspondiente a 1981: pequeños negocios y empresas entregaban diferentes cantidades para reunir fondos con los que comenzar a organizar la fiesta.
Aquellas aportaciones representaban también una forma de participación ciudadana. Quienes contribuían sentían que el Carnaval era suyo y la organización mantenía un diálogo constante con los colectivos.
Roque contempla aquella manera de funcionar como uno de los grandes valores de la época.
Había menos dinero, pero muchísima implicación.
Del movimiento sindical a los barrios
La trayectoria de Óscar Roque antes de asumir responsabilidades en el Carnaval ayuda a comprender su forma de gestionarlo.
Su primer empleo, a los 19 años, fue como contable. Trabajó durante dieciséis años en El Kilo, una etapa que recuerda con enorme cariño. Décadas después regresó al establecimiento y sus antiguos responsables le mostraron algo que lo emocionó especialmente: la mesa que había utilizado durante sus años allí se había conservado sin que nadie volviera a ocuparla.
También fue representante sindical, presidente de los trabajadores del ramo textil en el ámbito provincial y llegó a presidir el Consejo Provincial de Trabajadores de la provincia de Las Palmas.
Paralelamente desarrolló una intensa actividad vecinal. Presidió durante dieciséis años la asociación de vecinos San Pedro Mártir, en la **Urbanización Sansofé**.
Todo aquello le proporcionó un conocimiento directo de los problemas sociales y de la realidad de los barrios que posteriormente trasladaría a su actividad política.
Siete delegaciones y una intensa etapa municipal
Cuando llegó al Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, Roque asumió numerosas responsabilidades.
Recuerda haber tenido siete delegaciones relacionadas con áreas como Deportes, Tercera Edad, Turismo, Grandes Eventos, Festejos, Servicios Sociales y Mayores. También fue tercer teniente de alcalde y concejal del Distrito Centro.
Su experiencia sindical y vecinal hizo que una parte importante de los asuntos sociales terminara pasando por sus manos.
La etapa fue tan intensa que decidió no continuar en primera línea política. Posteriormente llegaría la posibilidad de incorporarse a la Fundación del Carnaval.
Ambas experiencias estaban conectadas por una misma forma de entender la gestión: escuchar a la gente y hacerla partícipe.
Los barrios también hacían Carnaval
Entre las cosas que echa de menos aparece precisamente la relación de la fiesta con los barrios.
Recuerda cómo diferentes zonas de la ciudad participaban directamente, llegando incluso a presentar carrozas y candidatas a reina. Los barrios formaban parte del engranaje general del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria.
Su reflexión sobre el presente parte de esa experiencia. Considera que la participación ciudadana no debería quedarse en una expresión institucional, sino traducirse en capacidad real de intervenir, proponer y construir.
Y el Carnaval, por su propia historia, debería ser uno de los mejores ejemplos.
Una mirada crítica a la profesionalización
Roque no rechaza que el Carnaval disponga de recursos ni que se haya profesionalizado. Su crítica apunta hacia otra cuestión.
Considera que el crecimiento económico de la fiesta ha modificado algunas de las motivaciones existentes en torno a ella. En aquella primera etapa, muchas personas colaboraban fundamentalmente porque querían al Carnaval. No existía una compensación económica para cada tarea y quien estaba allí ayudaba donde fuera necesario.
Con la profesionalización llegaron especialistas, empresas y mayores recursos, pero cree que en algunos momentos se perdió una parte de aquel compromiso desinteresado.
No plantea regresar literalmente al pasado. Su reflexión es otra: disponer de más dinero no garantiza automáticamente hacer un Carnaval mejor.
La experiencia, el conocimiento de la calle y el compromiso humano continúan siendo necesarios.
Una fiesta que no pertenece a ningún partido
Óscar Roque conoció el Ayuntamiento desde dentro y precisamente por ello defiende con especial contundencia la independencia del Carnaval respecto a cualquier sigla política.
Su planteamiento es sencillo: quienes integran una corporación municipal han sido elegidos por la ciudadanía y el Carnaval pertenece a esa ciudadanía.
Durante la entrevista plantea incluso una fórmula más participativa, en la que distintas sensibilidades políticas pudieran asumir responsabilidades y colaborar en diferentes áreas de la fiesta.
Su referencia vuelve a ser el modelo inicial. Recuerda cómo en la organización impulsada por Manolo García tenían presencia representantes de sociedades históricas, asociaciones vecinales y colectivos diversos.
Para Roque, recuperar ese espíritu de participación sería mucho más importante que discutir sobre quién puede atribuirse políticamente el éxito de una edición.
Una vida vinculada también a la noche de Las Palmas
Pero existe otro Óscar Roque inseparable del Carnaval: el hombre de la noche.
Tras su etapa institucional siguió siendo durante décadas una figura conocida de la vida social de Las Palmas de Gran Canaria. Trabajó como relaciones públicas de establecimientos emblemáticos y estuvo vinculado a locales como Wilson, Big Boy y, durante diecinueve años, Coto.
Su relación con aquellos espacios llevó también el Carnaval al interior de las salas. Noches dedicadas a murgas y comparsas, concursos de disfraces y diferentes actividades permitieron prolongar la fiesta más allá de los actos oficiales.
Su voz terminó convirtiéndose igualmente en una de sus señas de identidad. Presentó galas, actos y encuentros y fue una presencia habitual allí donde hubiera un micrófono y algo relacionado con el Carnaval que contar.
Su trayectoria atravesó así diferentes dimensiones de la fiesta: la gestión, la política, la calle, las salas nocturnas y los escenarios.
Pero cuando reconstruye aquellos años evita situarse en el centro. Una y otra vez devuelve el protagonismo a Manolo García, a su equipo, a los colectivos y a tantas personas cuyos nombres han desaparecido de los relatos más conocidos.
Recuperar los nombres que quedaron fuera
Uno de los asuntos que más preocupan a Óscar Roque es precisamente la manera en la que se está construyendo la memoria histórica del Carnaval.
Considera que numerosos protagonistas han quedado fuera de los relatos oficiales.
No pretende restar méritos a quienes sí reciben reconocimientos. Su reivindicación es recordar también a quienes comenzaron, trabajaron durante años y desaparecieron sin que su aportación recibiera la misma atención.
Muchos ya han fallecido. Otros continúan aquí, aunque alejados de los espacios de decisión.
Para Roque, la experiencia de esas personas todavía podría resultar enormemente útil. Conocer el pasado no significa vivir anclados en él, sino saber sobre qué cimientos se está construyendo.
«El Carnaval es de la calle»
Después de recorrer décadas de recuerdos, cambios políticos y transformaciones organizativas, Óscar Roque regresa al mismo punto desde el que comenzó.
La calle.
Agradece poder recuperar públicamente una etapa de la que hacía mucho tiempo que no hablaba y reivindica la necesidad de seguir escuchando a las personas que participaron en la construcción del Carnaval.
Para él, quienes se disfrazan, participan, salen a divertirse y llenan las calles son las personas verdaderamente importantes.
Ningún cargo está por encima de ellas. Ninguna organización, ningún partido y ningún protagonista individual.
Óscar Roque tuvo responsabilidades políticas, fue el primer director gerente de la Fundación del Carnaval, participó en la transformación organizativa de la fiesta, presentó actos y llevó durante décadas el Carnaval también a la noche de Las Palmas de Gran Canaria.
Pero después de haber conocido prácticamente todas sus caras, su conclusión no habla de despachos, escenarios ni presupuestos.
Habla de la gente.
Porque cincuenta años después de aquella recuperación ciudadana, la enseñanza que conserva de quienes comenzaron sigue siendo exactamente la misma:
«El Carnaval es de la calle, debe estar en la calle y debe seguir siendo de la calle».
