Opinión: No todo el que hace historia merece ser referente
Hay una costumbre que quizá deberíamos empezar a cuestionarnos dentro del Carnaval: convertir automáticamente en referentes a determinadas personas simplemente porque llevan muchos años formando parte de la fiesta, porque fueron populares en algún momento o porque alrededor de ellas se ha construido una determinada leyenda.
La memoria colectiva tiene estas cosas. Con el paso de los años suavizamos comportamientos, olvidamos episodios incómodos y terminamos quedándonos solamente con el personaje. Y así, casi sin darnos cuenta, podemos acabar elevando a la categoría de ejemplo a quien posiblemente nunca lo fue.
Porque tener trayectoria no es lo mismo que tener una trayectoria ejemplar.
Ser conocido tampoco significa ser respetado. Haber ocupado un lugar importante no concede una especie de inmunidad para siempre. Y mucho menos deberíamos confundir notoriedad con autoridad moral.
El Carnaval, como cualquier espacio social, también ha tenido y tiene personas con comportamientos profundamente cuestionables. Personas que han recibido oportunidades una y otra vez y han vuelto a decepcionar. Personas cuyo ego terminó siendo más grande que aquello que decían representar. Y también quienes han sabido convertir su propia historia dentro de la fiesta en una moneda de cambio cuando les ha interesado.
Después pasan los años y resulta curioso comprobar cómo algunas de esas historias se reconstruyen. Lo incómodo desaparece, los errores se convierten casi en anécdotas y aparece una versión idealizada del personaje. De repente, quien protagonizó durante años conflictos y desencuentros termina presentado como una autoridad indiscutible sobre lo que debe o no debe ser el Carnaval.
Y quizás deberíamos preguntarnos: ¿por qué?
No se trata de condenar a nadie de por vida. Las personas pueden equivocarse, rectificar y cambiar. Todos fallamos. Pero precisamente por eso, para hablar de alguien como referente debería existir algo más que antigüedad, fama o un buen relato sobre su pasado.
Un referente debería ser alguien cuya trayectoria genere respeto. Alguien que haya sabido estar cuando las cosas iban bien y también cuando iban mal. Que haya respetado a compañeros y compañeras, que haya cuidado a la fiesta y que no necesite destruir a otros para reivindicar su propio lugar.
Sobre todo, alguien cuyos actos acompañen a sus palabras.
Porque la falsa moral resulta demasiado fácil: exigir a los demás aquello que nunca hemos sido capaces de exigirnos a nosotros mismos; señalar los errores ajenos mientras escondemos los propios; presentarnos como guardianes de unos valores que nuestra propia trayectoria contradice.
Y quizá en ese endiosamiento también tengamos que hacer autocrítica los medios de comunicación. Durante años hemos contribuido a convertir a determinados personajes en referentes simplemente porque siempre estaban ahí, porque generaban titulares o porque tenían algo que decir sobre cualquier asunto. Les hemos dado micrófonos, cámaras, páginas y espacios que quizá no siempre habían merecido, sobrevalorando su importancia hasta ayudar a construir una imagen que después el propio Carnaval ha terminado aceptando como verdad. Los medios también creamos referentes y, por eso mismo, deberíamos preguntarnos de vez en cuando si estamos dando voz a quienes realmente han construido una trayectoria digna de reconocimiento o simplemente a quienes han sabido ocupar más espacio.
El Carnaval tiene memoria, pero esa memoria debería ser completa.
Tenemos muchísima gente que lleva décadas trabajando sin escándalos, sin necesidad de protagonismo permanente y sin convertir cada aportación en una deuda que el Carnaval tenga que pagarles eternamente. Personas que han construido desde una murga, una comparsa, una rondalla, un escenario, un taller, una carroza, un medio de comunicación o cualquier otro rincón de la fiesta. Algunas tendrán reconocimiento público y otras seguramente nunca lo tendrán.
Quizá sean esas personas las que merecen ocupar más espacio en nuestra memoria colectiva.
Porque ser referente no consiste en decir que uno lo es, ni en conseguir que los demás olviden determinadas partes de nuestra historia. El respeto no se exige ni se hereda: se construye durante toda una vida.
Y cuando alguien recibe oportunidades una y otra vez y vuelve a fallarse primero a sí mismo y después a quienes confiaron en él, llegará un momento en que tendremos que dejar de preguntarnos cuántas oportunidades merece y empezar a preguntarnos por qué seguimos empeñados en convertirlo en ejemplo.
El Carnaval necesita memoria, por supuesto.
Pero también necesita criterio.
Porque no todas las personas que forman parte de nuestra historia tienen necesariamente que ocupar un pedestal.

