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Opinión: El Carnaval no necesita héroes, necesita compromiso

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Hay veces que, viendo todo lo que rodea al Carnaval, uno no puede evitar preguntarse si realmente hay gente a la que le interesa más que las cosas salgan mal que bien. Y no hablo solo de política. Pasa en muchos sitios: entre grupos, en redes sociales, en determinados medios, en algunos ambientes del propio Carnaval… Como si el error ajeno se hubiese convertido en la mejor oportunidad para ganar protagonismo.

Porque una cosa es criticar, que además es necesario, y otra muy distinta es vivir esperando el fallo para salir después diciendo “ya lo advertí yo” o “ahora sí hace falta que venga tal persona a arreglar esto”. A veces da la sensación de que hay quien necesita un Carnaval en crisis para poder colocarse como referente, como solución o como salvador de la fiesta. Y eso termina generando un ambiente muy raro, muy tóxico, donde parece que algunos disfrutan más del conflicto que de la propia celebración.

Lo triste es que mientras unos están en esa pelea constante, hay muchísima gente dejándose la piel de verdad. Personas que ensayan durante meses, que cosen trajes, que buscan dinero de donde no lo hay, que montan escenarios, que hacen radio, televisión, redes, sonido, maquillaje, carrozas… gente que sostiene el Carnaval casi siempre desde la pasión y muchas veces sin reconocimiento. Y cuando algo sale mal, quienes más sufren no son los que están todo el día opinando desde fuera, sino precisamente quienes trabajan para que esto siga vivo.

Claro que hay cosas que mejorar. Muchísimas. Y claro que hay decisiones discutibles, errores de organización, intereses políticos y problemas reales. Pero una crítica hecha para construir no se parece en nada a una crítica hecha para desgastar. Se nota muchísimo cuándo alguien quiere aportar y cuándo simplemente está esperando que todo arda para sacar rédito.

Al final, cuando el Carnaval se rompe, nadie gana de verdad. Ni los grupos, ni la ciudad, ni la gente que vive la fiesta, ni siquiera quienes creen que políticamente o personalmente pueden sacar ventaja del caos. Porque un Carnaval dividido, enfrentado y constantemente convertido en campo de batalla termina debilitándose poco a poco. Y quizá ya va siendo hora de entender que defender el Carnaval no es esperar a que fracase para ponerse una medalla, sino arrimar el hombro incluso cuando las cosas no salen exactamente como uno quiere.

Javier Falero