Entrevistas

Francis Suárez: el arquitecto del Carnaval que abrió la segunda gran etapa

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Hablar del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria contemporáneo implica mirar inevitablemente a mediados de los años noventa. Tras una etapa compleja que culminó en 1994, la fiesta necesitaba recuperar ilusión, estructura y espectáculo. Fue entonces cuando apareció Francis Suárez —Juan Francisco Suárez Mirabal—, director artístico y creativo que asumió la responsabilidad de dirigir las galas de 1995 y 1996, marcando el inicio de lo que muchos consideran la segunda gran era del Carnaval. Su trabajo no solo devolvió la confianza a la ciudad, sino que sentó las bases del modelo escénico que, con evoluciones técnicas, sigue vigente hoy.

Un contexto difícil: reconstruir tras la crisis

El Carnaval de 1995 no partía de cero, pero sí de una profunda herida. La edición anterior había dejado una sensación de fracaso organizativo, técnico y emocional. El traslado definitivo al parque Santa Catalina y la necesidad de un gran escenario abierto exigían una nueva manera de entender la fiesta. Francis Suárez llegó en ese contexto, tras un primer contacto frustrado en 1994 y una negociación posterior que permitió su incorporación un año más tarde, compatibilizando compromisos profesionales entre Gran Canaria y Tenerife.

Desde el primer momento tuvo claro que no se trataba solo de dirigir una gala, sino de reconstruir una narrativa, devolver la emoción al público y demostrar que el Carnaval podía volver a ser un gran espectáculo colectivo.

Un equipo reducido, pero compacto

Uno de los pilares de aquellos carnavales fue el equipo humano. Suárez insiste en que nada de lo conseguido fue un trabajo individual. Junto a él se formó un grupo reducido, pero cohesionado, integrado por profesionales como Pepe Aguilar, Paco Rubiano, Geni Afonso, Remedios, Yaiza (su hija)  y otros colaboradores fundamentales. No había grandes estructuras ni departamentos diferenciados: todos hacían de todo.

Esa forma de trabajar generó una implicación total. El equipo visitaba a los grupos, hablaba con ellos, los animaba y los integraba dentro del espectáculo. Aquella dinámica —hoy habitual— era completamente novedosa entonces. Los grupos dejaron de ser espectadores para convertirse en parte activa del relato escénico del Carnaval.

El Carnaval del Cine y el de Roma: imaginación frente a la escasez

Los carnavales de 1995 y 1996, dedicados al Cine y a Roma respectivamente, se levantaron con presupuestos mínimos. Francis Suárez recuerda que, en comparación con otras producciones de la época, prácticamente no existía dinero para producción. Muchas decisiones se tomaban desde la creatividad artesanal: vestuarios prestados, materiales reciclados, estructuras de madera construidas por talleres municipales y soluciones improvisadas con rigor técnico.

El Carnaval de Roma se convirtió en un símbolo de esa filosofía. Con apenas 100.000 pesetas destinadas a la caballería romana, el espectáculo logró una fuerza visual que aún hoy permanece en la memoria colectiva. Murgas vestidas de romanos, figuración constante y una obertura que integraba a los grupos dieron como resultado un relato escénico coherente, emocionante y sorprendente.

La obertura como eje narrativo

Uno de los grandes legados de Francis Suárez fue la concepción de la obertura como el corazón del espectáculo. Para él, los primeros quince o veinte minutos debían establecer el tono, la estética y el ritmo de toda la gala. Era el espacio donde el director podía desplegar imaginación, siempre dentro del canon marcado por la temática.

Esa estructura —obertura, desarrollo con actuaciones intercaladas y culminación final— se convirtió en un modelo que ha perdurado en el tiempo. La clave estaba en mantener el nivel tras una apertura potente, algo que solo se lograba con planificación, integración de los grupos y una visión clara del conjunto.

Un Carnaval profesionalizado desde la artesanía

El reto no fue solo creativo, sino también pedagógico. Convencer a técnicos, responsables y trabajadores de que el Carnaval debía profesionalizarse fue una de las tareas más complejas. Los escenarios eran enormes, las rampas de madera, las estructuras pesadas y la seguridad una preocupación constante. Episodios como el coche histórico que quedó atascado en una rampa durante la gala del Cine evidencian hasta qué punto todo se aprendía sobre la marcha.

Aun así, el resultado fue tan sólido que muchos consideran que, con menos medios, aquellos carnavales alcanzaron una espectacularidad que incluso supera a algunas ediciones posteriores con presupuestos mucho mayores.

La implicación política y el pregón como espectáculo

Otra de las innovaciones de aquella etapa fue la transformación del pregón en un acto escénico. Lejos del formato clásico de lectura desde un balcón, el pregón pasó a concebirse como una gala en sí misma. Políticos caracterizados, figuración, música y dramaturgia se integraron para “calentar” el ambiente y dar inicio al Carnaval con una puesta en escena potente y participativa.

La implicación institucional fue clave, aunque siempre bajo una premisa clara: hacer mucho con muy poco. La imaginación suplía la falta de recursos y convertía cada dificultad en una oportunidad creativa.

El precio personal de una etapa histórica

A pesar del éxito artístico y del reconocimiento público, la etapa de Francis Suárez en el Carnaval de Las Palmas tuvo un coste personal elevado. Su implicación en la isla afectó a su continuidad profesional en Tenerife, donde dejó de recibir trabajos. La falta de estabilidad laboral y la imposibilidad de compatibilizar proyectos lo llevaron, con pesar, a cerrar su etapa tras 1996.

Aun así, se marchó con la satisfacción de haber cumplido su objetivo. El abrazo colectivo al terminar la gala de 1995, cuando el equipo y los grupos se acercaron para felicitarlo, compensó todos los momentos de tensión y desgaste.

Un legado que sigue marcando el presente

Francis Suárez no reivindica protagonismo. Reconoce que el sistema que ayudó a implantar habría surgido con otra persona, pero también admite que tuvo la fortuna de estar “en el momento oportuno y en el lugar adecuado”. Su trabajo abrió el camino a directores posteriores como Anatol Yanovsky, Israel Reyes, y más recientemente, Josué Quevedo.

El Carnaval actual, con más recursos y tecnología, sigue bebiendo de aquella estructura: grandes escenarios abiertos, oberturas narrativas, integración de grupos y concepción de cada acto como una gala con identidad propia.

La memoria como patrimonio

Hoy, ya jubilado, Francis Suárez observa el Carnaval con la mirada de quien conoce el esfuerzo que hay detrás de cada decisión artística. Defiende el valor de la memoria, la necesidad de conservar archivos y reconocer a quienes sentaron las bases de la fiesta moderna. Para él, el Carnaval es trabajo, creatividad, cultura y una vía de expresión colectiva que ha dado a Canarias generaciones de artistas.

Su aportación, concentrada en solo dos ediciones, fue suficiente para cambiar el rumbo de la fiesta. Y aunque su nombre no siempre aparece en primer plano, su huella permanece en cada gala que se levanta en el parque Santa Catalina.