EditorialEntrevistas

Anatol Yanowsky: el creador que reinventó el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria (+vídeo)

¡Comparte con tu app favorita!

Durante siete años —de 1997 a 2004— Anatol Yanowsky transformó el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria en un espectáculo moderno, televisivo, arriesgado e inolvidable. Su nombre quedó asociado a una etapa que todavía hoy se recuerda como una de las más brillantes e influyentes. En una extensa conversación, Yanowsky repasa cómo vivió aquel periodo en el que asumió la dirección artística de las galas, enfrentándose a retos enormes, cambios profundos y momentos que marcaron un antes y un después.

Los comienzos: del mundo de la danza al desafío del Carnaval

Antes de convertirse en director artístico del Carnaval, Anatol pertenecía al mundo de la danza, la coreografía y el espectáculo. Su trayectoria incluía programas para Televisión Española —uno de ellos premiado con un Emmy— y la dirección de una compañía que actuó en teatros y festivales de Italia, Francia y Barcelona. Aquello era su universo natural: la creación escénica profesional, los teatros y los procesos artísticos estructurados.

Cuando la concejala Pepa Luzardo le propuso asumir la dirección artística del Carnaval, su primera reacción fue de prudencia. Él mismo reconoce que el Carnaval le era desconocido: sabía lo que era disfrazarse y acudir al parque, pero no tenía relación con murgas, comparsas ni con el tejido social que sostenía la fiesta. Aun así, aceptó porque se rodeó de un equipo sólido que le transmitió seguridad. Esa mezcla de respeto y curiosidad fue lo que lo llevó a asumir el reto.

La primera prueba: una gala que sorprendió incluso a su creador

Su debut fue con la gala de Extremo Oriente, una producción diseñada con un lenguaje escénico que no se había visto antes en el Carnaval. La sorpresa llegó cuando, al finalizar, el público se puso en pie durante varios minutos para aplaudir. Anatol pensó que había hecho un buen trabajo, pero no imaginó una reacción tan rotunda. Aquella respuesta marcó el inicio de una etapa en la que el público se convirtió en termómetro y motor de sus decisiones.

Extremo Oriente también fue su primera prueba real de trabajar en un entorno tan distinto al teatro: una fiesta popular, al aire libre, con miles de personas y un fuerte seguimiento televisivo. En ese primer año ya se enfrentó a decisiones tan delicadas como el uso del fuego en escena, con un número donde incluso una chispa cayó sobre alguien del equipo. Aquello le dejó claro que el Carnaval tenía sus propios riesgos y exigencias, pero también su magia.

Su sello: ritmo, estética y cero improvisación

Para Anatol, el ritmo era sagrado. Su formación televisiva le enseñó a evitar tiempos muertos y a construir una narración continua. Por eso, desde el primer año implantó storyboards detallados y una planificación estricta de cámaras, movimientos y transiciones. Incluso el recorrido de una reina estaba marcado al segundo para garantizar fluidez y coherencia visual.

Su obsesión por la estética se reflejaba en cada elemento: luces, música, composición, volumen escénico y movimiento. Consideraba que el espectáculo debía emocionar antes que impactar, y que la belleza era parte esencial de esa emoción. Para mantener todo ese engranaje, contaba con un equipo de backstage impecable, con figuras como Pepe Aguilar o Paco Rubiano, que aseguraban que nada quedara al azar.

El acercamiento a los grupos: el corazón del Carnaval

Uno de los mayores descubrimientos de Anatol fue el universo de los grupos. Antes de dirigir el Carnaval, no había tenido contacto directo con comparsas o murgas. Cuando empezó a visitarlos uno a uno, de la mano de su equipo, se dio cuenta de que allí estaba la esencia real de la fiesta. Identificó a los grupos como el pilar vertebrador del Carnaval y comprendió que la gala solo era la punta visible.

Ese contacto humano lo marcó profundamente. Encontró en los grupos un ejemplo vivo de la diversidad y energía de la ciudad. A pesar de las diferencias o debates —especialmente con la duración de los números de murga— siempre encontró un punto de diálogo. Ese intercambio constante le permitió aprender la idiosincrasia del Carnaval y adaptar sus galas para integrarlos sin desvirtuar su identidad.

El nacimiento de la Gala Drag: del riesgo al fenómeno internacional

La Gala Drag nació en un contexto de dudas, miedos y muchas precauciones institucionales. Aunque ahora parezca imposible, en su primera edición casi nadie quería aparecer asociado públicamente al evento por temor al rechazo social o político. Pero Anatol, tras asistir a una pequeña gala drag en el sur, quedó fascinado por su creatividad y supo que ese era el verdadero espíritu del Carnaval: transgresión, humor, estética y libertad.

La primera gala mezcló drags con reinonas para evitar conflictos, aunque Anatol tenía claro que el futuro estaba en los drags. El resultado superó cualquier expectativa. Las cadenas internacionales comenzaron a cubrir el evento y artistas de renombre quisieron sumarse. Anécdotas como la actuación de Dana International —que decidió actuar pese a la oposición de su representante— mostraron el magnetismo que empezaba a tener la gala. En su segunda edición, eliminó las reinonas y la Gala Drag se consolidó como símbolo internacional.

Creatividad sin límites: motos, helicópteros y elementos insólitos

Una de las señas de identidad de las galas de Anatol fue su capacidad para integrar elementos insólitos. Desde motos cruzando el escenario, hasta números aéreos realizados por su propia hija o un helicóptero real pasando por detrás del decorado. Todo surgía de observar la ciudad y aprovechar lo que encontrara: un espectáculo de animación, un globo, un deporte urbano o un grupo de gimnasia rítmica búlgara que estaba de paso por la isla.

Cada una de esas inclusiones tenía una lógica escénica y se ejecutaba con precisión. Para coordinar a los motoristas, por ejemplo, colocó señales de luz en cada moto para evitar accidentes en un cruce coreografiado. Eran riesgos calculados, pero también parte de la esencia creativa del proyecto: sacar belleza, energía y espectáculo de donde nadie esperaba encontrarlo.

La relación con las comparsas y murgas: integrar, escuchar y negociar

Anatol fue especialmente cuidadoso con las comparsas, de las que recuperó protagonismo tanto en concurso como en gala. Veía en ellas una energía coreográfica que conectaba con su formación y quería resaltar su papel dentro del espectáculo. Aunque solo dos comparsas tenían un nivel realmente alto en aquel momento, buscó que todas participaran de alguna forma para que ninguna quedara relegada.

Con las murgas, su principal lucha fue siempre la duración de los números. Consideraba que siete minutos ya eran excesivos en su época y señalaba que canciones de catorce minutos —como las actuales— son imposibles de sostener en televisión. Propuso incluso la creación de concursos de letras para fomentar variedad y creatividad, inspirado en Cádiz, pero la idea no prosperó. Aun así, se mantuvo firme: el compromiso debía ser primero con el Carnaval y luego con cada grupo.

Un reto emocional y profesional: la responsabilidad de no fallar

Asumir la dirección artística pocos años después de la traumática gala de 1994 significó cargar con un enorme peso simbólico. Había miedo real, tanto en la ciudadanía como en las instituciones. Anatol recuerda que, al principio, muchos desconfiaban de que un coreógrafo ajeno al Carnaval pudiera dirigir la fiesta sin cometer errores.

Esa presión lo acompañó durante toda su etapa. Sentía que no podía fallar: no era un espectáculo más, sino la imagen de toda una ciudad. El compromiso social y emocional lo llevó a trabajar sin descanso, empezando a preparar cada carnaval casi inmediatamente después de terminar el anterior. Sin embargo, ese mismo nivel de entrega hizo que, tras siete años, sintiera que había llegado su momento de cerrar el ciclo.

Legado: una huella que todavía perdura

A día de hoy, Anatol reconoce que mucho de lo implantado en su época se mantiene: la estructura escénica, el ritmo televisivo, el lenguaje visual y la integración del espectáculo dentro de una narrativa coherente. Aunque nuevos creadores han aportado sus propias visiones, la senda que él abrió continúa siendo la base del modelo actual.

Su creatividad, su atención al detalle y su manera de entender el Carnaval como relato estético siguen presentes en la memoria colectiva. Gran parte de las galas de finales de los noventa y principios de los dos mil se recuperan ahora como archivos históricos en canales especializados, permitiendo que nuevas generaciones descubran una etapa que, para muchos, marcó la modernidad del Carnaval.